Un recorrido por los inmunoensayos: de los radioisótopos de Yalow al innovador Lumit
Repasamos la evolución tecnológica que ha dado lugar a los inmunoensayos que utilizamos hoy, remontándonos a su creación.
Los inmunoensayos se definen como técnicas analíticas para detectar y cuantificar analitos específicos en muestras biológicas o investigación. Para ello, utilizan la interacción entre anticuerpos específicos frente al analito de interés, permitiendo una detección selectiva y sensible. Sin embargo, han evolucionado tecnológicamente en el tiempo...
A finales de los años 50, dos mentes brillantes, Rosalyn S. Yalow y Solomon A. Berson, aislaron anticuerpos frente a la insulina de pacientes diabéticos que habían sido previamente tratados con insulina exógena. Basándose en la premisa de que los anticuerpos podían ser aprovechados para cuantificar sustancias en el cuerpo humano, Yalow y Berson diseñaron un ensayo en el que anticuerpos marcados con un radioisótopo fueron incubados con cantidades crecientes de insulina. Al cabo de ese tiempo de incubación, midieron la radioactividad en cada una de las muestras, observando un alto grado de correlación entre la concentración de insulina y la radioactividad. Este primer inmunoensayo sentó las bases para el posterior desarrollo de innumerables ensayos para detección de analitos basados en esta tecnología.
La dedicación de Yalow y Berson por la investigación fue recompensada en 1977, cuando fueron galardonados con el Premio Nobel de Medicina, convirtiéndose Rosalyn S. Yalow en la segunda mujer en conseguirlo en esta disciplina.
No obstante, y a pesar del enorme avance que supuso este inmunoensayo, esta técnica necesitaba unos tiempos de ejecución muy largos, y carecía de la sensibilidad necesaria para la cuantificación de algunos analitos. Además, el uso de radioisótopos generaba dudas en cuanto a su seguridad. Por estos motivos, fueron numerosos los grupos que centraron sus investigaciones en optimizar este método.
Uno de esos equipos, liderado por Eva Engvall y Peter Perlmann y trabajando sobre la afinidad de la fibronectina al colágeno, se marcó como objetivo crear una técnica libre de radioisótopos con una sensibilidad similar a los radioinmunoensayos. Para ello, etiquetaron los anticuerpos con enzimas comunmente utilizadas en inmunohistoquímica, estableciendo con éxito en 1970 el primer ensayo inmunoquímico enzimático funcional, al que llamaron ELISA (ensayo inmunoabsorbente ligado a enzimas). Al principio, utilizaron celulosa como soporte del inmunoensayo, lo que requería centrifugaciones tediosas, por lo que optaron por optimizar la técnica utilizando tubos recubiertos con anticuerpos unidos a las enzimas.
Otro hito importante en la evolución de esta técnica fue la aparición de los inmunoensayos homogéneos. Este método, basado en protocolos simples de mezcla y lectura permite cuantificar la unión antígeno/anticuerpo sin complicadas separaciones, ofreciendo ventajas en aplicaciones analíticas y clínicas. Estos inmunoensayos homogéneos abrieron nuevas oportunidades en medicina e investigación, al mejorar la eficiencia y rapidez de los análisis, abriendo puertas a un futuro prometedor, en el cual se incluye la automatización de los ensayos.
Si bien el uso de radioisótopos quedaba resuelto con el avance de Engvall y Perlmann, otros parámetros clave de los inmunoensayos, como son la sensibilidad y especificidad, todavía tenían margen de mejora para poder detectar con precisión un mayor número de analito.
Descrito por primera vez en 1976, el uso de la quimioluminiscencia como marcador en los inmunoensayos pasó a ser (y sigue siendo) uno de los más utilizados para múltiples aplicaciones, gracias en gran parte a su mejor comportamiento a nivel de sensibilidad que las anteriores, y permitiendo una automatización fácil en múltiples equipos de análisis clínicos.

Rosalyn Yalow durante uno de los experimentos que dieron lugar al descubrimiento de los radioinmunoensayos.